El absoluto silencio
Habíamos planeado una reunión muy especial junto a mis hermanos y unos primos que vivían en Almagro. Íbamos a dormir en carpas en el fondo de la vieja casona del abuelo Alberto, en Quilmes.
Uno de mis primos llevaría la grabadora, otro la guitarra para armar luego un fogón y cantar canciones de Elvis, nuestro ídolo.
El último concierto de Elvis había tenido lugar en el Market Square Arena de Indianápolis el 26 de junio de 1977 y lo iban a trasmitir por radio el día que habíamos programado la reunión.
Habíamos practicado cada uno un tema diferente, en inglés. Anita llevaría vestimenta apropiada para hacer de ese acampe un verdadero show y un recuerdo para toda la vida. Uno de mis primos, Miguel, traería la Polaroid para plasmar en fotografías ese día tan esperado.
Nos estábamos preparando y nos reuníamos hacía más de dos meses para organizarnos y no olvidar nada; gritos, ansiedades y canciones durante cada reunión después de salir del colegio. a los primos de capital los traía su madre en una camioneta Ford.
El día anterior teníamos todo listo, hasta habíamos sintonizado la radio del recital y no la movimos más.
Al día siguiente, el 16 de agosto de 1977 cuando estábamos todos reunidos con unas galletas dulces preparadas por la abuela Cata, la radio nos daba la peor y mas triste noticia, Elvis había muerto.
El silencio fue tan grande que ninguno de nosotros alcanzaba a decir una sola palabra, el llanto que de repente llego en medio de las risas y la alegría parecía un verdadero aquelarre. Como en un carnaval donde la alegría se transformo en llanto, gritos y una sensación de confusión.

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