Vi mi nombre escrito

 Una puerta sin llave, facilitó la entrada. El crujir de los pisos de madera y una ventana que se movía con el cálido viento de esa época del año, de pronto un ruido. Desde el fondo del pasillo, la luz que salía de una habitación iluminaba el andar sigiloso de un gato gris. Nos miramos y caminamos despacio, los pisos seguían crujiendo y el olor a humedad estaba en toda la casa, detrás nuestro el gato nos estaba siguiendo,  vigilando a los visitantes desconocidos; entramos en la habitación y un jarrón había caído, dentro de el había volado contra la pared una pequeña agenda con tapa de cuero marrón, en la primera hoja, en una de las anotaciones, vi mi nombre escrito.

La mecedora, un escritorio, una alfombra color verde y la salamandra con los leños que aun ardían, una escena poco común para una casa donde nadie la habitaba. En la cocina dejaron un pan junto a un jarro de leche.

Volvimos a la pequeña agenda y pensamos encontrar algún dato de aquello que estábamos buscando.

Alguien entro a la cocina, escuchamos el sonido del golpeteo de un bastón y rápidamente volvimos al lugar, observamos atentos cada rincón  y en un extremo de la mesa un sobre, un poco amarillento y sellado con lacre


, vi mi nombre escrito.
 Volvimos a escuchar el golpeteo del bastón como  algo rítmico,  una música que se alejaba y no podíamos llegar a ella. 

Queríamos encontrar al dueño del bastón y con él encontrar la verdad. El tiempo marcaba sus compases, allí alguien estaba jugando con nosotros o no quería ser encontrado. El sol daba sus últimos resplandores por la ventana que daba a un patio interno. 

Nos sentamos en la cocina a esperar . Abrimos el sobre, el silencio, el atardecer y las primeras líneas anunciaban un torbellino de sentimientos, odios, rencores y una noticia que no esperábamos. El corazón no latía, rugía; no respondía a los pensamientos de calma que luego llegaron. Comprendimos que estábamos buscando una respuesta, la resolución de una historia, pero nosotros éramos la solución, éramos la respuesta; lo vimos escrito, junto a mi nombre y el de otras personas a las que teníamos que contactar en un plazo de dos años. Allí estaba todo indicado, lugares, ciudades y direcciones. No estaban los teléfonos, eso nos hizo dilucidar el peligro que existía en resolver lo que indicaba la carta. 

Volvimos a escuchar pasos con el crujir del piso, el golpeteo del bastón y miramos a la puerta. 

El viejo entró, nos miró y nos recriminó por que seguíamos en la casa. Su bastón marcó la vida de todos, fue el tiempo que se disipó, que nos perdimos por encontrarnos, marcó los tiempos así como un director de orquesta. Preguntó si habíamos leído la carta.

Sin remordimientos, no pidió perdón, mucho menos nos brindó explicaciones.

Frío, distante, con los ojos llenos de lágrimas dijo:

-No siempre hay que abrir un sobre donde veas escrito tu nombre.

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