Una estrella en Navidad
— ¿Cuántos regalos pediste para Navidad?— Preguntó Gabriel a su primo.
—Pedí uno y no es un regalo—. Sonriendo y sonrojado, Félix bajó su cabeza. Salió al patio y se sentó en el banco de piedra de su abuelo Tomás. Estaba de noche y comenzó a mirar al cielo. Jamás lo vio con tantas estrellas, le comentó a su primo.
Con el canto de los grillos, esas noches de verano, una suave brisa acariciaban sus mejillas y subido a una nube de algodón, viajaba en una mágica aventura. Ojos expectantes e impacientes, se movían de un lado al otro. Quería encontrarlo, continuaba buscando, manoteando lágrimas y alguna estrella cercana.
—¡Vamos a cenar, dice la abuela que entres!.
—No puedo, estoy esperando mi sorpresa—. Contestó Félix, mientras seguía atento al firmamento. Sería la primera Navidad sin el abuelo y él lo extrañaría, mañana en la mesa familiar.
Cuando nació Félix, se convirtió en el nieto más pequeño, con bastante diferencia con los otros nietos, Tomás pasó días interminables de playa jugando con el niño; lo llevaba a comprar libros, dormían juntos en pequeñas carpas en el fondo del jardín y una vez al mes salían a pescar. Por tener siete años, Félix era un niño pícaro, inteligente y no había necesidad de reprenderlo.
—¿Qué sorpresa?—Preguntó Gabriel.
—Mi abuelo, cuando estaba en la cama, me dijo que nunca lo olvide. No lo olvido. Dijo que en la Navidad no estaría en la mesa. Lo vería en la estrella más brillante, un día antes que la Estrella de Belén ilumine el pesebre.
Mary Cross
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