Dios vino a visitarme

 Estaba el abuelo viviendo en casa, los biznietos entusiasmados por sus relatos sobre los mundiales de otros tiempos, recordaba los jugadores de los equipos, los finalistas, campeones, subcampeones, goles, penales y sanciones. La reunión con sus hermanos, hijos y sobrinos, en cada mundial, cuando jugaba Argentina, lo exultaba de emociones y lágrimas. El quincho, el asado, el fernet con cola y la picada. En el mundial que se aproximaba, no estarían sus hermanos, habían muerto. Con 92 años, el abuelo Roberto preparó un mes antes la foto que tenía en su mesa de luz, la envió a ampliar en un tamaño que cubría media pared del lado izquierdo del quincho, al  lado una foto del Diego con la camiseta de la selección y debajo  la fotografía del abuelo abrazado con sus nietos en la cancha de San Lorenzo. Estaba todo organizado. Compramos camisetas de la selección, gorros y banderines para decorar la casa. Contamos que seríamos más de treinta. Observé a Federico, el nieto mayor, un poco extraño. Con sus primos se fueron en la camioneta. Unas horas después, volvieron con una caja bastante importante en tamaño, tan grande la caja que mis sobrinos los estaban esperando en la vereda para poder bajarla. Sin explicaciones la llevaron por el caminito de lajas hasta el quincho. Un proyector para ver el mundial,  regalo de los nietos para Don Roberto. La pantalla ocupó todo el ancho de la otra pared. 

El abuelo estaba ansioso y comenzó a hacer apuestas con algunos de sus amigos. Todavía no comprendía como el mejor jugador del mundo no estaba entre nosotros. Ese día, previo al primer partido de Argentina, pensamos que todo iba a salir mal. El abuelo, estaba tomando su mate cocido, en la cocina, escuchando su programa de radio favorito. Como todas las mañanas se sentaba junto al ventanal y miraba el jardín. De pronto escuchamos un ruido. Corrimos desde el comedor a la cocina, cayó su tasa contra la heladera, lo encontramos tendido en el piso y con los ojos abiertos. En medio del nerviosismo, llamamos a la ambulancia.
Quedó hospitalizado, el parte médico nos indicó que le subió la presión, posiblemente de los nervios, dijo el médico, luego de cruzar algunas palabras con él. Ingresamos a saludarlo y se durmió. Debíamos dejarlo unas horas para el control y antes de la noche le darían el alta médica.
Fuimos a la cafetería del hospital a esperar y avisamos al resto de la familia que el abuelo estaba bien. A las dos horas una enfermera nos comunicó que el abuelo quería volver a su casa a ver el partido. Regresamos a la habitación y estaba sentado en la cama sonriente y con un brillo especial en su mirada. Le dijimos que el partido era al otro día, no tenía que preocuparse.

—Abuelo, ¿Cómo estás?— Lo noté bastante recuperado.
—Excelente. Agradecido porque Dios vino a visitarme y me dijo que Argentina ganaba el partido, ahora estoy más tranquilo, nena—.
—¿Dios?, ¡lindo sueño abuelo!
—No, no fue un sueño, el Diego antes de irse me dio la mano y me entregó este recuerdo—.

Asombradas por el relato del abuelo Roberto, alguna cosa tenía guardada debajo de su camiseta. Él señalaba el corazón, apretaba la mano contra su pecho y sacó un trapo sucio.  Nos acercamos para ver mejor, al observarlo detenidamente notamos que no era un trapo común, era un brazalete azul celeste, manchado con barro, ese que usa el capitán
de un equipo de futbol. 

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