Desde el zócalo - Mary Cross

 —Los golpes provienen de la pared—Dije, molesta, al encargado del edificio, Raúl Gil, un uruguayo que llegó al país con cinco años, su padre tomó la portería y cuando se jubiló, él continuó con el trabajo.

—Déjeme tranquilizarla, la pared que indica es medianera con el edificio vecino, tal vez las ratas muevan cajones, a la hora que indica los ruidos, en las oficinas no hay personal en actividad. Ese sector es un amplio sótano de guardado. El señor Raúl se retiró y no quedé conforme con sus explicaciones. Yo vivía en la planta baja, los ruidos comenzaban a las diez y treinta de la noche. Ese día, corrí la cama y arrodillada, puse mi oreja en el piso, con la ayuda de un vaso registré que el sonido provenía del zócalo. Fui corriendo el vaso y caminando pegada al suelo, en posición de cuatro patas, los golpes provocaban ecos y de pronto sentí un murmullo, seguido unas palabras. —Ayuda!. Era la voz de una mujer joven, de inmediato pensé en lo peor, como podía alguien estar en un edificio gubernamental encerrado en un sector donde se guardaban mobiliario de oficinas. Me desesperé y salí corriendo, llegué a la puerta y me detuve. Estaba secuestrada? Pasados unos minutos los golpes se reanudaron, mis nervios no me dejaban encender la computadora, las luces comenzaron a parpadear y un grito que desagarraba el silencio hizo latir mi corazón como un doblar de campanas. De la cocina tomé un martillo y comencé a quitar el revoque, luego el zócalo de madera, debajo era más sencillo sacar el material, era una mezcla de arena que comenzó a caer rápidamente, luego de una hora picando el zócalo, introduje un palo de escobillón, pasó y tomé la linterna. Un hueco polvoriento y oscuro comunicaba mi habitación con el sótano vecino. El hilo de luz era ínfimo, no dejaba ver nada, ni distinguir objetos. De pronto se abrió una puerta, alguien encendió la luz en ese espantoso lugar, un hombre vestido con ambo de médico. Apagué la linterna y continué mirando. Unas mujeres lloraban desconsoladas, delgadas y con sus cabezas cubiertas, no se podía ver sus caras. El hombre llamó a una de ellas: —Julieta!. Vamos, camina! —Una voz escuché por el zócalo, me dijo, ella es Julieta Martínez Vas, ayer nació su hijo, es varón, se lo llevó el doctor Mario Carmona para su casa. Ayúdanos, por favor... ayúdala, se apagó la luz y volvió el silencio absoluto. Corrí la cama para tapar el agujero y volví a la computadora. Confundida al principio, sacudí mi cabeza y las ideas volvieron a retomar mi idea inicial, indagar sobre apellidos y oficinas gubernamentales. Había escuchado la voz, no era la imaginación de varias noches sin dormir. Busqué el nombre del médico, en la web, había trabajado como auxiliar en un sector del ejército en las cárceles clandestinas, donde desaparecían niños en los setenta. En el historial del edificio, indicaba que fue un pozo donde tenían jóvenes secuestradas. Fui al baño, me tomé una aspirina, me sentía mal. Preparé la cartera y la dejé en el sillón. Volví a la computadora y busqué el apellido Martínez Vas, encontré varias publicaciones y la foto de la madre de Julieta, una mujer repleta de arrugas, de ojos tristes y mirada serena. Buscaba a su nieto. Saqué la dirección y salí a tomar un taxi, eran las tres de la madrugada. Antes me asomé al agujero del zócalo, y grité: —Salgo a la casa de la madre de Julieta!—La señora octogenaria, encontró a su nieto. Rellené con cuidado el hueco, coloqué el zócalo y nunca más sentí golpes en la pared.



Mary Cross
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