EL PAYASO DEL SUPER BALL- Mary Cross
—El carrusel, mamá, vamos, llévame mamá!
El parque de diversiones Super Ball se encontraba a pocas cuadras de casa. La historia que les voy a narrar, ocurrió esa tarde, recién ahora puedo continuar con mi vida. Después de ordenar las habitaciones, llevé a Francky a los juegos de la plaza. Tenía los cinco años recién cumplidos, su primera bicicleta y energías para toda la semana acumuladas en un solo día. El viento soplaba ligero y comenzaba a sentirse el olor al polen que trae la primavera. Llevaba un saco tejido, azul y un jean celeste, la gorra roja, de su hermano mayor y muchas ganas de saborear palomitas de maíz.
En la plaza nos encontramos con un amigo de la escuela, jugaron en el arenero, y en cuestión de minutos, los perdimos de vista. Junto con la madre de Luis, salimos a ver donde estaban. Revisamos toda la plaza, los juegos, baños, el bar. La desesperación ganaba nuestros corazones. Me paré sobre un banco de la plaza, a unos cuantos metros, vi un payaso rodeado de niños, eran muchos, nos acercamos y estaban allí, con sus caras coloradas, traspiradas y redondas. Asombrados por las peripecias y morisquetas del payaso, reían tanto, que tomaban con sus manos sus barrigas y de sus mejillas caían lágrimas de felicidad. Al rato, Luis se fue con su madre. No pude negarle a Francky ir al Super Ball. Teníamos dos entradas gratuitas, que nos dio el payaso, Francky saltaba y jalaba de mis pantalones, no tenía apuro en llegar a casa, era temprano y la tarde continuaba primaveral.
—Soy el payaso Tiburcio, el mejor jinete de todos los payasos del mundo—Dijo con una voz semejante a la de un niño, cuando se presentó. Su cara pintada de blanco, los ojos contorneados de negro, una boca extremadamente grande y angulosa, demasiado roja, unas lágrimas de un horrendo y llamativo color rojo.
—Qué bueno—Dije y tomé la bicicleta. Caminé detrás del payaso que llevaba de la mano a mi hijo. Al llegar al sector de carruseles, el payaso detuvo su andar, se agachó junto a Francky y algo le dijo al oído. Me acerqué, la música a todo volumen no dejaba escuchar nada, comencé a sentir malestar de estómago, tenía ganas de vomitar. Estaba incómoda, no existía motivo, tal vez porque no teníamos programada el ingreso al parque. El payaso comenzó a mirarme fijamente, eso no me gustó.
—Mamá, el carrusel, mamá. ¡El carrusel, mamá, vamos, llévame mamá!
Vi el gigante giratorio dar una y varias vueltas, los niños gritaban, la música continuaba a escala mayúscula. De repente se detuvo y Francky corrió, corrí detrás de él. Buscamos donde ubicarlo, si en un caballo de príncipe, dentro de una rana gigante o en un pequeño barco a remos. Eligió un asiento de madera con dos soldaditos de plomo a cada lado, como esos soldaditos del cuento popular "El soldadito de plomo", del escritor Christian Andersen.
Giraba, giraba y giraba, comenzó lentamente a levantar velocidad, en la primera vuelta lo vi, agitaba su mano con desesperación al verme, en la segunda vuelta no tenía su gorra roja y... no sé como explicarlo, en la tercera vuelta observé el rostro de mi hijo modificándose, no era mi hijo, pensé, se cambió de asiento; no sé si era él, si sé que lloraba y agitaba sus manos.
Corrí hacia la cabina de control, pedí al señor que detenga la máquina, le rogué. Dio unas tres vueltas más y se detuvo. Los niños gritaban, reían, buscaban con sus ojos la mirada de sus madres. Busqué a mi Francky y no estaba, miré debajo del carrusel, detrás, dentro del sector de máquinas. Francky había desaparecido. Comencé a llamarlo y un encargado envió a buscar a mi hijo por todo el Super Ball. Pregunté por el payaso Tiburcio, no lo conocían.
De repente vi pasar al payaso por detrás de unos caballos de madera, me observó con recelo y sobre su hombro, noté algo malvado en su mirada. Lo llamé. Seguí sus pasos y no lo volví a ver. En el piso del carrusel, estaba la gorra de Francky, alcé la vista y ese lugar era donde lo dejé, en el banco de madera, junto a los soldaditos de plomo. Eran dos soldaditos, uno de cada lado, noté, junto al soldadito de la derecha, una tercera figura. Vestían chaquetas rojas y pantalones azules, fusil en el hombro. La imagen se aproximaba a mí y yo a ella, comencé a mirar sus ojos, su cara, solo el tercer soldadito llevaba una cadena con la letra F, colgando del cuello. Toqué su rostro de madera, sus ojos expresaban desesperación, unas pocas palabras por medio de la mirada, dura y fría. Mis manos se humedecieron, sentí un fuerte dolor de cabeza y me desplomé.
Cuando desperté me encontraba en el hospital.
Todavía continuamos buscando a Francky. Pasaron quince años de su desaparición. Lo visito en el carrusel todos los días.
Mary Cross Copyright©
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