Mi hermana menor - Mary Cross
—¿Dónde estabas? Siempre con la maldita costumbre de llegar escondida. No preguntaron nada, estaba tan preocupada. Mejor anda a tu cuarto.
—Hola, perdóname si te asusté.
—¿Desde cuándo pedías perdón? —Las risotadas de Melisa despertó a su compañera de cuarto, la que reclamó silencio.
—Decime ¿Dónde es mi cuarto?
—Creo que te pasaste con el alcohol. Laura, te acompaño, no hables, no hagas ruido—. Las muchachas caminaron descalzas en puntillas, por el oscuro pasillo, angosto y con una mezcla de olor a vodka y cigarrillo ordinario. En los cuartos todas dormían. Al llegar al fondo, le señaló la puerta pintada de verde oscuro.
—Mañana hablamos, pensé que no ibas a volver. El sueño me hace verte medio metro más alta que yo, y con unos kilos que te sobran, también. Hasta mañana hermosa.
—Hasta mañana amiga.
Laura entró al cuarto, dos camas de una plaza a cada lado de las paredes, una mesa de luz compartida y el velador encendido. Se acercó a su compañera de cuarto, tenía unos catorce años y dormía abrazada a un oso de peluche marrón. Dejó el bolso debajo de la cama y se sentó pensativa.
Al día siguiente, nadie notó la diferencia, como lo había hecho Melisa. Era lunes y el trabajo comenzó a las ocho de la mañana.
Pasaron cuatro meses y Laura no encontraba la oportunidad que necesitaba. Vio ingresar niñas, otras marcharse, cada semana. Un día todo cambió.
Estaban en los turnos de la noche, la música a todo volumen, el denso humo de los cigarros, mezclado con el olor a la marihuana, subía por las escaleras, nublaba el ambiente y la luz difusa mezclaba los instintos. Laura caminaba por los pasillos, cuando, de pronto, escuchó unos gritos que provenían de la planta baja. La oscuridad le impedía ver, caminó hasta la escalera. La luz tenue, daba en el rostro de una muchacha, morena, de cabellos ondulados y largos, no tenía más de quince años. La indiferencia de los que pasaban a su lado, la enfureció. Tuvo ganas de salir a los tiros contra ellos, no era lo adecuado. Se agachó, miró por detrás de los barrales de madera torneados, de la escalera.
Dos hombres la sostenían de cada brazo. Ella lloraba y apenas se resistió, cuando uno de ellos la desmayó de una bofetada. Laura caminó hasta una pequeña ventana, apostada donde terminaba el pasillo, la cortina era decorativa, unas maderas cruzadas impedían la entrada de luz externa y no se lograba ver al exterior. Recordó que en el bolsillo interno de la chaqueta de cuero, llevaba un destornillador, lo sacó e hizo un poco de presión en las maderas. Un automóvil blanco tenía la puerta del baúl abierta, perfectamente observó unos cabellos que salían como cascada oscura desde dentro del maletero. Una mano pesada y grande bajó la puerta del baúl, de un golpe. El automóvil arrancó y se alejó del lugar.
La oficial Carolina Gutiérrez, hermana de Laura Gutiérrez- desaparecida por una red de trata- era muy parecida a ella, unos años menor. Así, la oficial logró ingresar a la casa de donde se había escapado su hermana y tomó su lugar. Había sido secuestrada hacía dos años, cuando tenía trece y obligada a prostituirse.
En los alrededores, la policía estaba aguardando su llamada. La oficial ingresó a uno de los diminutos baños e indicó al encargado del operativo, el automóvil donde se llevaban a la muchacha. Luego dio la orden de ingresar para liberar a las muchachas.
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