Un día de pesca - Mary Cross
—Cuando eras niño te gustaba ir a pescar todos los domingos. Salíamos de madrugada. Cargábamos los bolsos y las cañas en la camioneta, a mitad del viaje te quedabas dormido. Siempre sacaba de tu vianda, un pastel de papas, qué mamá te preparaba, claro que no te enojabas cuando lo comía, me decías, no hay problema papá.
Miguel Ángel, miraba fijamente el agua, esperaba que algún distraído pez, caiga en su caña. Sentado en una silla de madera y respaldo de lona azul, fumaba cigarros negros, un gusto heredado de su padre Héctor. El balde tenía por la mitad la carga de pescados y una heladera esperaba llevarlos a la ciudad.
La brisa del campo agitaba los juncos de la laguna, el agua se ondulaba y reflejaba las primeras luces de día. Miró a un costado y sonrió. Encendió la radio y observó el cielo pintarse con los primeros colores de la aurora.
—¡Buena pesca Miguel! ¡Aprendiste bien la tarea de preparar los anzuelos!.
Miguel sintió un aire que sacudió su flequillo. En ese momento recordó que su madre le había pedido un helecho silvestre, que abundaban en la zona. Dejó la caña y miró a un lado y al otro, caminó por un sendero que bajaba a la laguna y lo encontró.
—¡Papá! No debo olvidarme de tu caña verde—Y sonrió. Héctor miraba, con los ojos del alma, a su hijo. Miguel colocó la caña de Héctor y esperó que haya pique.
Llegaba la tarde, cargó el pescado limpio en la heladera, guardó las cañas. Al encender el motor sintió el mismo aire suave que se deslizaba en su cara y chispeaba en sus mejillas.
—Me hubiese gustado que estuvieras aquí—dijo en voz alta Miguel. Un rostro sonriente se dibujó en el vidrio empañado del acompañante.
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