UN PRÍNCIPE LLAMADO
ALEXEY I
Había una vez un reino poderoso en las lejanas tierras de Rusia, donde existía un gran palacio llamado Tsarskoye Selo, con amplios jardines, en el que siempre nacían niñas. El rey Nicolás deseaba un hijo varón. Con cada nacimiento de una niña, agradecía a su esposa Alejandra de tener una hermosa princesa. Siempre pensaba que la suerte no llegaba al reino, hasta que un día la tristeza se convirtió en alegría cuando el mayordomo del palacio gritó con entusiasmo:
—¡Nació el heredero! ¡Nació el príncipe!
—¿Papá, es verdad que tenemos un hermano? —preguntó la hermana mayor, Olga.
—Es verdad, hija, nació un niño. ¡Gracias a Cristo el Salvador!
Luego apareció la segunda hija, Tatiana, y realizó la misma pregunta a su padre.
—¿Papá, nació un niño?
—Nació un bonito niño con ojos del color del cielo. Se llamará Alexey.
A los pocos minutos, aparecieron las otras dos niñas, las princesas María y Anastasia, querían conocer a su hermano. Nicolás levantó en sus brazos a la pequeña Anastasia para ver al bebé que dormía en su cuna dorada. Luego de acariciar su manito la llevó con sus hermanas que saltaban de felicidad en la sala con sus vestidos blancos que parecían danzar en el viento.
—Vamos, niñas, dejen dormir a su hermano y a su madre. Deben descansar —dijo Nicolás.
Todos festejaron el nacimiento de Alexey. Ese día los monjes hicieron sonar las campanas de las iglesias por largos minutos, giraban de un lado a otro reflejando los rayos del sol. En las calles se celebraba con música, bailes y comida abundante.
Los días pasaron, las niñas cuidaban del pequeño Alexey, lo llenaban de amor y alegría mientras crecía corriendo por los jardines coloridos y hacían la ronda, entre pájaros y flores. Era el sol que brillaba dentro de la familia, unidos a su alrededor.
El príncipe, cuando era pequeño y escuchaba que en el salón del palacio había invitados, bajaba las escaleras escondido o se arrojaba por la baranda de mármol y saludaba a cada uno de ellos. Un día hizo algo reprochable y su padre lo reprendió.
—¿Dónde está Alexey? —preguntó Alexandra. Entonces la pequeña Anastasia mostró a su madre debajo de la mesa. Ella lo llamaba disimulada. Anastasia también, pero él estaba muy entretenido quitándole un zapato a una de las damas de la corte. Así pasó por debajo de una larga mesa hasta donde estaba su padre y le mostró el zapato, riendo.
—Hijo, me avergüenzo de ti, ve y devuelve el zapato a la
señora —dijo Nicolás.
El niño regresó el zapato a la dama y pellizcó su pie dos veces.
—¡Ay, ay! —gritó la señora y saltó de la silla ante la risa de todos.
Alexey reía debajo de la mesa y su padre lo fulminaba con la mirada. Esa semana se le prohibió sentarse a la mesa cuando había visitantes.
Todo era maravilloso. Las travesuras del príncipe continuaban, hasta que un día lastimó sus rodillas jugando. Había trepado muy alto a un árbol y cayó de pronto sobre el pasto.
—No llores, Alexey, ahora viene mamá —dijo Olga. Alejandra dejó la tasa de té y corrió tras escuchar el llanto de su hijo. Lo tomó entre sus brazos, lo abrazó fuerte y secó sus lágrimas. Subió por las largas escaleras en medio de un gran alboroto. El personal del palacio entró en pánico. Abrió la puerta de su habitación y dejó al niño en su cama. Ella acariciaba sus manos y mojaba con paños su carita congestionada. El dolor era agudo. Entonces cuando llegó el doctor y analizó la salud del príncipe, dio una noticia triste, el pequeño sufría demasiado porque estaba enfermo y había que cuidarlo de ahora en adelante con mucha paciencia. No debía golpearse.
El príncipe Alexey no podía salir a jugar. Tenía que pasar largos días encerrado en su habitación hasta que sus dolores pasaran. Cuando el niño pidió un caballo, buscaron un burro manso. El padre mandó a buscar uno. No hallaron en todo San Petersburgo un burro, hasta que el dueño del circo apareció y obsequió a uno de sus viejos burros que ya no podía trabajar. Pronto apareció en los establos y conoció a toda la familia, pero el burrito continuó con los trucos del circo. Vaciaba los bolsillos de los visitantes buscando dulces y masticaba pelotas como lo hacía antes. De inmediato se ganó el amor de Alexey. El animal necesitaba amor y cuidado, ya era anciano. El niño, cuando estaba en la cama, extrañaba a su burro Vanka, que escapaba de su establo y se paraba debajo de la ventana de Alexey y no se movía de allí en todo el día. Pensativo y demasiado aburrido, el príncipe estaba impaciente. De repente se abrió la puerta, una cabeza llena de pelos se asomó y de un salto subió a su cama. Era Joy, su mejor amigo, que esperó la oportunidad e ingresó cuando Alejandra puso el pie dentro de la habitación. Tras varios ladridos, se escondió debajo de las mantas y una de sus patas terminó cruzada sobre Alexey.
—Mami, deja a Joy, me siento triste. No puedo salir a jugar, no puedo usar mi bicicleta, no puedo ir con los soldados, no puedo saludar a Vanka.
—Tengo una gran noticia para darte.
—Dime.
—En cuanto pasen tus dolores, vendrán dos niños a jugar y serán tus amigos.
—Eso me agrada. ¿Quiénes son?
—Son los hijos del marinero Andrew, tu cuidador.
—¿Y mis hermanas? ¿Por qué no han visitado a su hermano?
—Ellas están estudiando. Anastasia en un rato viene.
El día siguiente amaneció soleado y no hacía demasiado frío, la nieve había dejado de caer y los pinos estaban
con sus puntas congeladas. Por la mañana llegó el doctor y anunció a la familia que Alexey podía salir del palacio dentro de tres días. Los tres días pasaron lentamente. Por la tarde los niños llegaron. Alexey necesitaba tener amigos. Luego de conocerse, salieron al campo, vigilados por el marinero Andrew, un hombre simpático y amigable. Comenzaron a jugar con rifles de madera, marchaban a pazo redoblado y corrían carreras hasta un arroyo. Más tarde se fueron incorporando otros niños que vivían en el campo. Ellos miraban desde lejos, entonces el príncipe envió al marinero a buscarlos.
—Hola, niños, soy el príncipe y quiero ser amigo de ustedes. ¿Están de acuerdo?
—Dijo mi madre que el rey es injusto —afirmó uno de ellos.
—Mi padre es un hombre justo y bueno, se los presentaré.
—De acuerdo, seremos amigos.
Todos jugaban con el príncipe. No sabían que Alexey no podía golpearse, porque volvería su enfermedad y terminaría en la cama lastimado.
—Príncipe, juguemos al combate como si fuéramos gladiadores —dijo uno de los niños.
Entonces Alexey lo miró y sus ojos se apagaron, frunció las cejas y los invitó a sentarse, tenía algo importante que decirles. Los muchachos se sentaron sobre fardos de paja y el príncipe comenzó a hablar:
—Tengo que decirles la verdad. Ahora son mis amigos, muy buenos amigos. Yo me veo bien, me siento bien, pero no puedo lastimarme ni darme golpes, tengo una enfermedad y debo cuidarme para disfrutar del sol y de la compañía de ustedes.
—No sabía que estabas enfermo —dijo Sergio, el hijo del marinero, con cara de sorpresa, repleta de pecas.
—Tendrán un rey dolorido y el rey tendrá muy buenos amigos. Espero guarden este secreto. Porque algún día seré rey y necesitaré de mis amigos.
—Guardaremos el secreto —dijo Dimitry, el hijo de un campesino, un niño alegre al cual le faltaban dos de sus dientes y tenía una amplia sonrisa.
El marinero Andrew se acercó para escuchar qué decían los niños. Todos hicieron silencio cuando Alexey levantó el dedo de su mano y lo llevó a sus labios.
—¿Qué está pasando, niños? —preguntó el marinero, acomodando sus largos bigotes.
—Es una conversación de niños, eso es todo —dijo el príncipe. Luego miró a sus amigos, se paró sobre un fardo de paja y dijo—: ¡Cuando yo sea rey, quiero que todos sean felices!
El sol anunciaba su retirada y las caras de los pequeños brillaban con los últimos resplandores. Los niños campesinos quedaron junto a las ovejas mientras Alexey y los hijos del marinero los saludaban al alejarse la carreta, entonces el príncipe gritó:
—¡Mañana nos vemos! Pediré a mi padre uniformes del reino para ustedes.
Luego del paseo por el campo, llegaron al palacio. Los hijos del marinero, Sergio y Alejandro, se fueron con su padre, y Alexey se despidió de ellos. Sus hermanas jugaban en la sala y Olga tocaba el piano.
De algún lugar apareció con la lengua afuera el perro Joy y saltó sobre el príncipe.
—¡Saquen a ese perro! —gritó el mayordomo, temiendo que lastimara al niño.
—No, déjenlo, es mi mejor amigo —anunció Alexey.
Esa noche, como todas, Nicolás leyó a los niños un cuento en la sala. Luego se fueron a dormir. Había comenzado a nevar. Alexey estaba contento, por la mañana saldría con su trineo a llevar comida a los animales del bosque.
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