UN PRÍNCIPE LLAMADO ALEXEY II UN MONJE ENTRE LAS SOMBRAS y EL PRINCIPE VA A BUSCAR A SUS AMIGOS por Fabiana Maggetti

 



UN MONJE ENTRE LAS SOMBRAS

Esa mañana Alexey calzó sus botas, el abrigo que lo cubría hasta los pies, un gorro grueso contra el frío y luego de desayunar rápidamente, salió con el marinero a llevar comida a los animales.

—Iré en mi trineo.

—Yo lo acompaño, no jale demasiado las sogas, el caballo es manso, pero puede salir demasiado ligero —aconsejó el marinero, mientras el caballo reboleaba los ojos a un lado, levantando los largos pelos negros que tapaban su cara.

—Tranquilo, amigo, iremos despacio —le dijo Alexey al caballo.

La nieve caía y el palacio estaba cubierto de cristales brillantes, de la iglesia se veían las cúpulas doradas y el marinero en el otro trineo llevaba las bolsas de alimento.

Ese día en el palacio apareció un extraño hombre de gran estatura, vestido con una gran túnica negra, con ojos iluminados por una luz inquietantemente azulada. Llevaba una maleta. Y una carta de recomendación. La reina Alejandra lo recibió y mantuvieron una conversación.

—Su majestad, usted me necesita. Curaré al príncipe.

—Quiero que pueda jugar y vivir feliz. ¿Puede hacerlo? —dijo la madre.

—Lo haré, en poco tiempo sanará y no volverá a tener dolores.


La presencia de aquel monje hizo sentir miedo a muchos familiares y amigos. Las princesas lo adoraban y luego el niño comenzó a sentirse aliviado cuando el monje Gregory pasaba largas horas del día junto a él y realizaba oraciones, levantando sus brazos hacia el cielo.

—Me siento mejor, ya no duelen mis piernas ni mis manos.

—Iremos al parque y correrás, podrás ir a pescar y usar tu bicicleta —sentenció el monje.

El pequeño corrió, trepó árboles, jugó con sus hermanas y terminó el día cansado. Día a día se veía mejor y había aumentado de peso. Comía dos platos de comida todos los días y a pesar de que el personal del palacio tenía miedo a Gregory, los reyes lo defendieron y notaban en él un amigo importante para el niño. Caminaba por las noches por los pasillos y por los jardines, asustando con su mirada eléctrica a quienes lo cruzaban. Era una sombra terrorífica, parecía caminar en el aire con grandes poderes mágicos, su cabellera flotaba con el frío viento ruso.

—¡Gregory, las empleadas del palacio están aterradas! —Sentenció la princesa Tatiana.

—Disculpe, princesa, no es mi intención que se asusten, creo que no les caigo bien a ellas. Siempre las escucho hablar mal de mí, dicen que soy malo.

—No se entristezca, nosotras lo queremos mucho.

—Gracias, princesa, se asustan porque soy feo.

—No es feo, es distinto, solo eso —afirmó María, que salió indignada a responder al escuchar semejante infamia.

Luego de esa conversación, las niñas aparecieron en el jardín y esperaron junto al monje la llegada de Alexey. Tenían que darle una mala noticia, su burro Vanka había desaparecido.

—Miren, allá viene su trineo y va demasiado rápido. Papá no quiere que haga eso, es peligroso —dijo María con gran preocupación, mientras el monje sonreía de ver al niño sin dolores y feliz.

—¡Hola, niñas! ¡Buenas tardes, mi monje amigo!

—¿Cómo te sientes, Alexey? —preguntó Olga.

—Me siento muy bien.

—Iré con mi monje amigo, tengo que consultar algunas cuestiones con él.


Las hermanas lo abrazaron y Anastasia besó sus dos mejillas.

—Algo pasa con ustedes, niñas, están extrañas.

—Robaron a Vanka —dijo Tatiana.

El monje, luego del silencio y la cara empalidecida de Alexey, dijo:

—Te espero en la biblioteca, allí hablaremos.

Se escuchó la marcha de caballos y una música que acompañaba el evento. Sobre un caballo blanco y con montura dorada llegaba el rey Nicolás. Alexey corrió a saludar a su padre y a la guardia imperial.

—Buenos días, soldados.

—Buenas días, príncipe —dijeron todos en el mismo momento.

El muchacho comunicó a su padre que Vanka fue robado, ingresó al palacio, besó a su madre, saludó a las cocineras y se dirigió a la biblioteca.

—Llegué.

—Debo decirte algo, Alexey. Tú estás curado, yo debo irme y cuando me necesites estaré.

—Te extrañaré, serás mi amigo por siempre. Te agradezco que hayas sanado mis piernas doloridas y mis rodillas enfermas. ¡Busquemos a Vanka!

El moje sabía quién tenía el Burro. Era una bruja malvada, Stailiava, que vivía cerca de una colina. Lo tenía encerrado para hacer sufrir a Alexey.

—Pequeño guerrero, al burro lo tiene la bruja Stailiava.

Tienes ahora la misión de ir a buscarlo. Nada malo te pasará —dijo el monje.

—Iré con los soldados y la encerraremos.

—No. No debes utilizar la fuerza ni las armas.

—¿Iré contigo, Gregory?

—Irás con tus amigos. Si ellos te ayudan, serás rey cuando seas grande, pero si ellos no te ayudan... jamás serás rey.

—Entendido. Haré lo que me dices —dijo el príncipe.

—Un abrazo fuerte y recuerda que lo más importante es que seas feliz, justo y humilde en tus palabras.


Alexey dio un gran abrazo al monje. En sus mejillas rodaban perlas de agua. Su pequeña mano apoyada en el cristal saludaba la partida de su amigo, el viento agitaba la túnica negra y la figura esbelta se perdía tras cruzar las rejas de entrada. La puerta se cerró de golpe detrás suyo, una bola peluda empujaba al príncipe.

—¡Joy!


—¡Guaw, guaw!


EL PRINCIPE VA A BUSCAR A SUS AMIGOS


—Buenas noches, hijo, duerme con los ángeles.

La habitación se quedó oscura en un instante. Alexey apagó su lámpara de noche.

—¿Por qué apagas la lámpara, hijo?

—Porque cuando tú estás junto a mí, todo es bonito, todo es luz. Ahora te vas y todo se vuelve oscuridad.

Alexandra salió emocionada de la habitación y fue a acostar a la pequeña Anastasia, que siempre quedaba sal-

tando sobre su cama, arrojando almohadones contra María.


Al otro día, Alexey se levantó temprano y fue en busca de sus amigos. Primero buscó a los niños campesinos. Ellos le tenían miedo a aquella bruja. De todas formas, salieron al campo y buscaron más niños para rescatar al burro. Eran más de cincuenta niños, otros más tarde llegaron desde el este y por último los hijos del marinero.

—Llevaré el sable de mi abuelo, los niños traerán las hojas filosas de sus padres —dijo Dimitry.

—Atención, amigos, no hay que utilizar la violencia, solo sacaremos a Vanka del encierro.

Alexey sería rey. Sus amigos llegaron a pesar del miedo a la bruja. Cuando en la ciudad se comentó la noticia, llegaron más niños para ayudar. Caminaron por el campo hasta la vieja colina donde había una casa de madera cubierta de aves, de la chimenea salía humo y feo olor. Las aves sobre volaron sus cabezas y algunas niñas gritaban de miedo.

—Silencio, niñas, que la bruja nos escuchará —dijo Sergio.

Alexey se acercó al establo. Allí estaba Vanka, triste y con su cabeza baja, hasta que vio a su amigo y guiñó el ojo derecho. Todo estaba bien. Los demás niños cercaron a la bruja y la ataron a un árbol, iba derecho al establo con un palo en su mano. La horrible vieja con nariz de gancho gritaba, entonces una de las niñas le arrojó un balde de agua congelada. Salieron corriendo y Alexey llegó al palacio montado en su burro.

En el palacio se preguntaban dónde estaba Alexey y la preocupación de sus padres crecía. De pronto escucharon un alboroto en los jardines. El padre salió y cuando iba a reprender al niño, uno de los hijos de la cocinera habló.

—Regresamos con el burro y su hijo será rey como dijo el monje.

—¡Me siento orgulloso de ti, hijo! Fuiste muy valiente. Soy afortunado por tenerte.

—Gracias, padre. Reuniremos a todos los niños de la ciudad para ofrecerles una gran comida y festejar la buena salud del futuro rey y el regreso de Vanka.

Del palacio las hermanas apresuradas salieron a ver a su hermano. Detrás, su madre angustiada, las cocineras y las institutrices se sumaron para verlo.

—Es una excelente idea, nosotras ayudaremos a organizarlo —dijo Tatiana.

—¡Qué alegría, hijo! Regresó tu burro —dijo la madre.

—Sí, madre, lo dejé en su establo comiendo.

—Alexey, mañana salimos y debes preparar tu uniforme.

—Sí, padre, ahora mismo voy a preparar todo. Niñas, a mi regreso organizamos un día de celebraciones para mis amigos.

Al día siguiente partieron en tren al cuartel donde vivían los soldados.

—Mira, padre, los soldados me saludan. ¿Puedo levantar la ventana?

—Deja que yo la levanto. ¡Saluda, ya arranca el tren!

—¡El príncipe saluda a los soldados! —dijo el niño. La alegría era grande.

Las sirenas del tren anunciaban la partida.

Al llegar se instalaron en el cuartel y luego de unos días, el niño preparó la mesa, colocó papel y la tinta para escribir una carta a su madre.

Mi querida madre,

Primero quiero enviarte un beso, también a mis hermanas. En estos días preparé fogatas, caminamos por el río y cabalgué con un bonito caballo. Por las noches duermo en la habitación con mi padre y por la mañana desayuno con los soldados. Al mediodía como con ellos sopa y pan negro. Me dijeron que me vieron muy bien y yo me siento excelente, no duelen mis piernas ni mis manos. Te envío un tierno saludo y te amo con todo mi pequeño corazón.

Alexey


Tras pasar dos semanas en el cuartel general, Alexey regresó. Tenía que organizar el festejo junto a sus hermanas. Colocaron amplias mesas con manteles bordados, muchas flores decoraban los gazebos, las banderas amarillas del reino flameaban en el viento cálido de la primavera y Joy corría entre los invitados. Los niños llegaban desde el campo y desde la ciudad trayendo obsequios para el príncipe. Alexey subió a una silla y dijo:

—¡Atención! La bruja Stailiava está encerrada muy lejos y para siempre. Dentro de una torre —anunció el niño a sus amigos, que gritaron de alegría.

El palacio estaba abierto por primera vez al pueblo, los jardines repletos de flores y risas. Las hermanas de Alexey recibían a los invitados y los reyes saludaban a los padres de los niños que llegaban.

De pronto apareció Alexey montado en Vanka, a su lado ladrando los acompañaba Joy. Luego bajó de su burro y pidió silencio.



—¡Quiero agradecer a mis amigos! ¡Nosotros los niños

somos la esperanza del futuro, un mundo mejor es posible

si somos solidarios! ¡Cuando yo sea rey no habrá personas

pobres ni desdichadas! ¡Quiero que todos sean felices!


FIN 

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